Los Milk de México

Hoy quiero compartir este artículo de Braulio Peralta, que sale publicado en la edición dominical de Público, a propósito de Milk, la película de Gus Vant Sant, protagonizada por Sean Penn. Disfrútenlo y reflexionenlo, en lo personal comparto ese concepto de gay que modela Braulio, y esa idea de indiferencia a lo que es un auténtico, ya no se diga activismo, sino al menos de un sentido de orgullo de la identidad homosexual.
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¿A qué jugamos cuando hablamos de “ser gay”? A ser militantes de un movimiento homosexual. No es digno de ser gay aquel que se autoproclama con ese nombre porque le parece más bonita que cualquier otra palabra pero no hace absolutamente nada por su comunidad.

El que dude de lo que digo que vaya a ver la película de Gus Vant Sant, Milk, con una interpretación actoral sin igual de Sean Penn. Ser gay es ser militante homosexual, estar fuera del clóset y luchar por sus derechos humanos. Una palabra que se reivindicó sin duda a partir de los 70, década donde suceden los acontecimientos del filme.
No voy a contar la película ni hablaré de sus valores estéticos porque ya existen demasiados críticos de cine como para agregarme al elenco. Lo que importa es la historia de ese hombre que llegó al poder en San Francisco, Estados Unidos, como el primer homosexual participando políticamente. Las luchas homosexuales de reivindicación de derechos civiles son antiguas y sería una hueva contarles lo que ya se sabe quien está bien informado. Pero sin duda Harvey Milk hizo historia y además se adelantó a su época, pues gracias a él, además de trabajar por y para los homosexuales, entre otras cosas logró que la gente civilizada recoja la mierda de sus perritos en los espacios públicos; una ley que inventó para ganar popularidad en su ciudad. ¡Y lo logró! (conste: todavía hay en México retrógradas que no respetan la norma mexicana que viene de aquel movimiento, y sus “animalitos” consentidos cagan en calles y parques, causa de tanta enfermedad ocular y respiratoria o gastrointestinal en esta contaminada ciudad. ¡Los homosexuales no son la excepción!).
Insisto: no me interesan los valores del filme. Me importa la historia que narra. Una historia que en Estados Unidos nace en 1969 cuando, en un bar de Nueva York, la noche del 27 de junio la policía desalojó a travestis, homosexuales y lesbianas del lugar. Ya lo habían hecho otras veces. Pero esa vez los desalojados empezaron a tirar piedras a los llamados “representantes de la ley”, al grado que esos mismos “guardias del orden” tuvieron que pedir ayuda a los bomberos. Al día siguiente los agredidos homosexuales realizaron grafitis en las calles clamando por sus derechos civiles. Se empezaron a organizar. Hippies, feministas y movimientos de derechos civiles ayudaron a la toma de conciencia. Por eso desde entonces en todo el mundo se impuso “El día del orgullo gay”. La palabra gay se internacionalizó y Milk — que vivía en un Nueva York sombrío para las minorías—, pudo ir a San Francisco a lograr más y mejores reivindicaciones, a partir de los 70.
Importa traer a cuento esta película porque México no está ajeno a esa historia, salvo que parece todavía oculta. En los 60 no era noticia el nacimiento del movimiento homosexual, que se juntaba en casas, se platicaba en bares clandestinos de la época, surgía junto con gente pensante de izquierda. Se considera al año de 1971 como el del surgimiento del movimiento. Pero era una organización oculta en tanto no salía a la calle. Fue hasta 1977 cuando el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria marcha junto con el movimiento estudiantil del 68, que cumplía nueve años de aquella matanza de universitarios y civiles en la Plaza de Tlatelolco. Prefiero llamarlos “los Milk de México”, para no omitir a ninguno de no más de 20 gays que dieron la cara. ¡Salieron en los periódicos de época!
De entonces a la fecha se han reivindicado algunos derechos a homosexuales, lesbianas, travestis y transexuales. Digo algunos porque, aunque se pretenda y contra lo que se diga, no es nacional el respeto a los gays en nuestro país. Ha habido homosexuales y lesbianas participando activamente en la política y, con el apoyo de una minoría de heterosexuales, han defendido los derechos humanos sin exceptuar la diversidad sexual. Desde entonces se ha logrado, por ejemplo, el concepto de delito por “homicidio homofóbico”, la ley de sociedades de convivencia en el Distrito Federal y la ley similar aunque más amplia que la del DF que se aceptó en el estado de Coahuila (aprendan esos estados del centro del país, que en el norte, con todo y considerarse de derechas, están más avezados. Marcelo: ponte las pilas).
Los que se proclaman gays de forma natural, muchos de ellos no conocen nada de todo aquello. Hoy andan de paseo por la Zona Rosa o el Metro de la ciudad, la propia Condesa y la Roma, agarraditos de la mano, dándose de besos. La primera vez que vi a un par de novios, lo confieso, me asusté con la idea de que serían agredidos, pues vi que la policía rondaba. Les advertí del peligro. Me dijo uno de ellos:
—Ay, manita, se ve que no estás en tiempo.
No, no estoy en tiempo. Y efectivamente, no les pasó nada. La calle de Amberes, y muchas más, son un espacio ganado por los gays. Me preguntó: ¿cuántos de esos jóvenes militan para mejorar las reivindicaciones de las minorías? Pocos. Como fueron pocos los de los años 70. La historia se olvida y esa es una de las razones del valor de Milk, la película, o el valor de ser gay, estar fuera del clóset, o del armario, de participar activamente en política sin vergüenza alguna de tus preferencias sexuales. ¡Cómo ha pesado la religión contra nosotros! Le hacen más caso a ella que a los derechos civiles en nuestro país. El filme es clarísimo al respecto. Pero ya ganamos algunas reivindicaciones. Ya estamos en camino. Nadie podrá detenernos, salvo nosotros mismos. De uno depende el sentido de la libertad que no existe si no es para todos, sin exclusión de raza, origen o sexo, tal cual dice la Constitución.
Vaya a ver Milk: los heterosexuales aprenderán que “nadie es libre hasta que todos lo seamos”. Y recuerde: un filme no hace historia, pero nos hace pensar en la importancia de los derechos civiles.
Braulio Peralta