Público y yo

Leer el periódico es herencia de mi padre. A él le aprendí la sana costumbre de leer, día a día, las noticias y opiniones vertidas en esas grande páginas grises con olor a tinta.

Desde muy niño, sentarme a la mesa a comer es impensable si no voy acompañado de la lectura del diario. Al inicio, seguí por supuesto el periódico que mi papá compraba, El Occidental. Tambien se leía en casa El Libertad, un diario local en el cual muchas veces se publicaron artículios de mi papá. Con el tiempo, el periódico dejó de llegar a diario, y la necesidad me llevó a mi a comenzar a comprarlo por cuenta propia. He pasado por varios: Mural, Siglo 21, La Jornada, e incluso llegué a comprar el derechoso Ocho Columnas. Pero con el tiempo y el acierto y error, me volví asiduo de Público.

En un inicio, solo lo compraba los domingos y viernes, que eran los días en que a mi juicio había más información y suplementos. Pero poco a poco fui aumentando los días, hasta llegar al obvio ideal de un periódico, comprarlo y leerlo a diario, volverse una necesidad, un vicio si asi se le quiere ver.
Ha sido muy común encontrarme con comentarios en el sentido de para qué comprarlo a diario, o incluso para que leerlo si en la televisión dan las noticias. Me dicen que es tirar el dinero, e incluso me acusan de una especie de falso intelectualismo. Pero que flojera, y
o sigo con mi costumbre, o vicio si se le quiere ver, de ir día a día a buscar mi periódico, iniciar a leerlo en mi hora libre en el trabajo, prestar la sección de deportes al que me la pida (es la única sección que me piden), traerlo a casa y pasárselo a mi mamá para que ella lo lea y resuelva el crucigrama, volver a leerlo a la hora de la cena, tal vez mientras estoy en el sanitario (bueno, el suplemento Ocio si lo leo permanentemente en ese lugar), y esperar hasta que la nueva edición llegue a mis manos.