La porcina, a una semana

Justo el jueves pasado, a esta hora, iniciaba la alerta de la influenza porcina, recién rebautizada como influenza humana. A una semana, y a pesar de estar lejos de los focos de infección identificados, poco a poco la rutina se vuelve desesperante. En el trabajo, el cubreboca se vuelve obligatorio y con ello la incomodidad ante la necesidad de estar hablando en todo momento, y estos dos días han creado la necesidad de portar guantes de látex, a lo que me he negado rotundamente ante mi opinión de que los guantes puestos durante todo el día son más sucios que las manos libres, las cuales es mejor estar lavando constantemente.
En la ciudad, las autoridades municipales, extralimitándose en sus funciones, han prohibido la venta de alcohol, basándose en que su consumo baja las defensas del cuerpo y nos hace más susceptibles de contagiarnos y enfermarnos. Vaya estupidez del director de Reglamentos del Ayuntamiento. Me pregunto como será este fin de semana con todos los lugares cerrados y la venta restringida de bebidas alcohólicas.
La gente comienza a impacientarse, y el caldo para que crezcan todo tipo de rumores está en su punto. Ahora todos son culpables: el gobierno, Obama, los narcos, la Iglesia, la derecha, los laboratorios, las farmacéuticas, los medios, la OMS, los extranjeros, los cerdos. Todos, y la peligrosa creencia de que el virus no existe se fortalece más rápido que el mismo virus.
Espero, esperamos todos con ansias el 6 de mayo, el día en que, se supone, regresaremos a la normalidad.