Vacaciones...


Escrita desde mi corralito de Informes en Soriana.



Haciendo un balance de mis vacaciones, puedo partir el martes 7 de Abril que, aunque fue mi primer día oficial de vacaciones, realmente lo pasé trabajando; faltó poco para que mis vacaciones quedaran canceladas, ya que la incapacidad de una compañera generó un vacío de personal en mi departamento que a poco estuvo de truncar mis vacaciones. Afortunadamente (casi) todo salió como estaba planeado, y ese mismo día por la tarde comencé a armar mi maleta, alistándome para viajar al día siguiente. Ese día, después de terminar de acomodar mi ropa y colocarme el arete que me empeñé en llevar, y antes de salirme de la ciudad, acompañado por Fede me tomé una cerveza, la primera de muchas.

Antes de llegar a mi destino, la parada obligada en Guadalajara sirvió para contemplar el centro histórico de la ciudad en plena cirugía reconstructiva, lo cual no era sino una suma de calles abiertas, llenas de polvo y de escombro, de albañiles que perezosamente trabajaban al calor de la tarde, de esquivar hoyos y zanjas, caminar entre tablas y varillas de metal que se clavaban en el suelo. Estoy ansioso por ver el resultado de todo ello, aunque creo que, como todos los afectados, habrá que armarse de mucha paciencia. Ese día terminó pronto. Después de comer/cenar y de buscar desesperada e inútilmente un adaptador de corriente para la batería de mi laptop –hasta tuve que ir a meterme a una tienda Soriana-, el cansancio terminó por hacerme dormir antes de la media noche, lo suficiente para, muy temprano al día siguiente, estar ya en el autobús con destino a Puerto Vallarta...

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El viaje fue largo pero no tedioso. Primero, las horas se consumieron durmiendo. Después, el desayuno que para mi consistió en varias cervezas y un tequila. Por eso es que llegué ligeramente ebrio a Puerto Vallarta, y todo el proceso de llegar al hotel, instalarse, comenzar a (re)conocer a los compañeros de viaje, salir de compras de última hora, caminar por la playa y sentarse en la arena a beber otra cerveza, observar el mar agitado, la orilla tapizada de sombrillas y palapas debajo de las cuales muchos más estaban entregados al ocio total placer, lo viví en un estado alterado de conciencia consecuencia del consumo de bebidas embriagantes (qué sutil se lee así). Más tarde, se nos ofreció una fiesta de bienvenida que consistió en una deliciosa parrillada: más cervezas, carne asada, pollo a las brasas; música y gente, y una buena vista de la ciudad. Esa noche, después de seguir en algunos bares, terminamos caminando en el malecón durante la madrugada.

El viernes si desayuné, y después de hacerlo, me fui a descansar debajo de una palapa, acompañado de mi inseparable Pacífico. Fue un buen día, conociendo más gente, entre ellos a la Súper Wendy, se supone que una travesti muy conocida en Puerto Vallarta. La primera vez que la vi aun no se caracterizaba, y mitad jugando mitad en serio, terminamos enfrascados en un duelo verbal (otra de mis sutilezas verbales), que se finiquitaría más tarde cuando, ya caracterizada con una roja peluca, corrió hacia mi para empujarme al mar, terminando la lucha en medio de la olas y entre las risas de los muchos testigos. Más tarde, y después de comer en Las tres huastecas –es inevitable mencionar lo delicioso que comí en este lugar, uno de esos restaurantes que ya suman muchos años, desde aquellos en que Vallarta no era sino un pueblito de difícil acceso -, volví a ver a la Súper Wendy ya en plena actuación en la pool party que se nos ofreció. Su show fue lo bastante divertido para convencerme de su arte, y más cuando, al final, vino hacia mi para, de cierta forma, dedicarme parte de su actuación. Ya por la noche, y después de un pequeño desaguisado con el guía del tour por la forma en que éste estaba organizado, terminamos la noche en uno de los lugares más asediados. Lo pasé bien, y más por encontrarme ahí con mi Comadre, a la cual no veía desde Octubre en el callejón de la feria. Bailamos, bebimos, platicamos y criticamos gente, lo que por cierto se nos da muy bien.

El sábado por la mañana fue similar al día anterior: después del desayuno nos fuimos a la playa. Ese día conocí a Rodrigo Villarelli, un pintor con quien he tenido contacto por internet desde hace ya varios años, y que después de muchos frustrados intentos por conocernos finalmente nos encontramos en las playas de Vallarta. Eso y otras cosas hicieron que fuera una jornada tranquila y agradable. En la tarde, más tarde aun que el día anterior, de nuevo fuimos a comer al mismo restaurante del día anterior, y por la noche, ya con el cansancio encima, fuimos a visitar el centro, a caminar por el malecón, a observar un espectáculo de juegos pirotécnicos sobre el mar, para terminar siendo esta, la que se anunciaba como la noche más tranquila, en una noche muy larga e intensa.

Ya el domingo, después de abandonar el hotel y en espera del autobús que nos llevaría de regreso, pasamos las últimas horas caminando por el malecón y el centro de la ciudad, con la cámara al hombro, tratando de llevarme algo más del pueblito que me tiene enamorado; caminando por la playa y el muelle, ya sólo, me despedí en mi intimidad de ese lugar al que espero regresar muy pronto. Después, la última comida, la despedida grupal, y el inicio de un viaje que fue más aun largo que el anterior, culminando en la madrugada del lunes en mi casa. Poco más de 110 horas en total.


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Ese lunes y martes fueron de una extraña pausa. No quería salir, ni siquiera deshacer la maleta, pero no por sentirme mal, era simplemente una deliciosa pereza, gusto de no hacer nada, pasando en mi habitación la mayor parte del tiempo. Pero todo eso quedó atrás cuando, el miércoles, pintura y brocha en mano, decidí casi impulsivamente iniciar una pequeña remodelación de mi habitación, tan pequeña que esa noche ni siquiera pude dormir ahi, ante lo imposible que se volvió intentar al menos moverse dentro de la recámara. En esto me llevé casi una semana, el reacomodar los muebles no fue tan fácil como imaginé. Pero antes de terminar, y de hecho el mismo miércoles que inicié, hice una pausa en el pequeño desastre, y me fui al cine a ver Quisiera ser millonario (Slumdog millionaire) No entiendo aun la razón, pero la película me generó una cierta tristeza que no supe si era mi ya tradicional depresión pos vacacional o que de repente estuve al borde de una pequeña crisis existencial; el punto que es que esa opresión en mi cuerpo, ese desencanto y desinterés se acrecentaron acentuándose el jueves que regresé a trabajar. Al día de hoy, creo que ya superé ese estado. Creo.

Volviendo a mi crónica, el viernes me fui a desayunar con un buen amigo; el sábado terminé con la antigua botella de brandy que tenia años escondida en un rincón de mi habitación, cené unas rebanadas frías de pizza, y la siempre agradable compañía de alguien muy especial terminó haciendo esa una muy buena noche, ambientada con esas baladas ochenteras que tanto disfruto.

Domingo, lunes, martes... los días siguieron corriendo, cada vez más rápido. El miércoles de mi regreso estaba ya encima, cuando al final del día me llamaron de la tienda para indicarme que me presentara hasta el día jueves, un día más que sólo alargó mi no deseo de regresar. Y regresé. Como siempre, la peor parte de las vacaciones es cuando terminan, pero siempre quedan los días vividos, los días de mis vacaciones.