A 24 años del terremoto.

No se si eran las 07:19 -la hora oficial de inicio-, las 07:18 ó las 07:20. Yo simplemente dormía y estaba soñando, y en un instante, el sueño se tornó ruidoso: era el terremoto que recién había iniciado y que se mezcló con mis fantasías en una orgía de ruido y movimiento, que acabó por despertarme y aventarme a la realidad.
Mi mamá me tomó en brazos, y salimos corriendo de la casa. Pasamos por el pasillo del segundo piso rumbo a las escaleras, y yo veia como un fino polvo nublaba las habitaciones, las paredes; la balanza con platos de cristal bailaba al ritmo de una música invisible, y la cocina se mecía como una gran gelatina. No entendía lo que pasaba, pero pude sentir la confusión, ver las caras asustadas de los vecinos que en paños menores reclamaban para sí las banquetas.
Y luego, una jornada atípica. Después de que nos pusieron a recoger los azulejos botados del baño, salimos en la camioneta a recorrer la ciudad. De todo ese trayecto recuerdo los escombros en las escaleras de Catedral. Y luego, el calor, las calles vacías, sofocadas. Yo no entendía, pero sentía que algo andaba muy mal.
La noche del día siguiente, de nuevo, el movimiento, los pedazos de techo caer, la noche, la oscuridad, los gritos, y luego el silencio...
Los días pasaron, y no fue sino hasta mucho después que entendí en medio de qué había estado. Habría de enterarme de los miles de muertos en la capital del país, y tambien de que mi ciudad se convirtió en un referente obligado de la tragedia. El 19 de Septiembre de 1985 es fecha indeleble para muchos mexicanos que formamos parte de ese mosaico de historias que tejieron la historia, algunos más trágicos que el propio, limitado tan sólo al recuerdo de los escombros y la ciudad aturdida.
24 años, y mi ciudad cambió para siempre, en m
ucho para mal y en poco para bien. Somos desde entonces una ciudad mocha. Pero eso es otra historia.