Ellos tres.

Estaba ahí, sentado, como todos los días, y yo frente a él. Isaías era bastante reservado, por eso es que no compredí como, de repente, comenzó a platicar conmigo muy amigablemente, y más me confundió cuando salimos a los jardines de la Universidad. Se notaba alegre, saltaba en el pasto y su tono de complicidad me turbaba.
Es cierto, todos asegurábamos que el era un homosexual de clóset, y que por su misma personalidad difícilmente lo aceptaría. Fingíamos creer cuando nos contaba de su novia, e ignórabamos las miradas perdidas que solian tener algun objetivo masculino. Con todo lo anterior, mi sorpresa fue mayor cuando, sin más, me confesó lo que todos sabíamos. -Soy gay, me dijo, al tiempo que me daba palmadas en la espalda. Y la tarde nublada se fue yendo, entre bromas y risas, más de su parte, pues yo no sabía qué pensar sobre está recién estrenada confianza.
Poco después, nos dirigimos a la sala de clase. Un amplio salón, decorado con cómodos sillones era el escenario donde se nos impartía el curso de psicopatología infantil. Me sentí extraño, nunca había tomado la clase y el resto de mis compañeros se notaba avanzado, y yo sin entender plenamente de qué hablaban. Isaías se alejó de mi y tomó asiento, y me dispuse a hacer lo propio, cuando mi mirada se topó con ese cuerpo menudo que tantas veces ví en fotografías y videollamadas, y que ahora, al tenerlo frente a mi, no sabía como reaccionar.
La alegría me ganó, y sin importarme mucho estar a media sesión, corrí a abrazar a Hansel, mi gran amigo colombiano, al que años atrás había conocido en un saón de chat en horas bajas de la madrugada. Él, alguien a quien había aprendido a querer sin tenerlo físicamente cerca, se había convertido en alguien más íntimo que muchas de las personas con quienes convivía a diario. Le abrazé y le observé largamente, quería convencerme de que no era un sueño. Y no, al verme él se sonrió y me abrazó tambien, y era inconfundible su acento sudamericano.
Me llamaron la atención, y tomé asiento, pero mi atención giraba en torno a la sorpresiva aparición de Hansel. No supe cómo es que estaba en ese curso, pero el tiempo me parecía eterno, quería que ya concluyera la sesión para preguntarle tantas cosas. Al fin, los minutos anunciaron el fin, y mientras los compañeros iban saliendo poco a poco, Isaías entre ellos, me dirigí con Hansel, quien me informó de la sorpresa que efectivamente me había dado.
No perdimos tiempo, le dije que esa noche eran los festejos del aniversario de la independencia del país, y le conminé a que me acompañara al departamento para que se arreglara y me acompañara a la verbena. Aceptó, y me pidió que antes pasáramos a la terminal a recoger su equipaje.
Al llegar, mi emoción se convirtió en vergüenza, al ver a lo lejos a la familia de mi amigo Brenan. Tiempo atrás, la enorme amistad que nos unió se había fragmentado a causa de un préstamos que él me había conseguido con sus padres, y que yo aun no había podido pagarles, enfriando una relación de más de una década. Bajé mi mirada apenado, y seguí los pasos de Hansel que, sin darse cuenta de lo que pasaba, me pidió esperarle en el vestíbulo mientras recogía sus cosas. Me quedé de pie, y no supe cuando llegó, pero los brazos de Brenan comenzaron a abrazarme por detrás. Voltée, y le vi: era él, mi gran amigo, al que mi silencio y la vieja deuda nos habían separado.
Su mirada era triste, dura; y a mi la pena me impedía verlo frente a frente. Fue peor cuando me confesó que estaba infectado de VIH, y que la enfermedad avanzaba rápidamente. Fue un golpe que no esperaba, y comprendí que debí haberle buscado antes, hablar y negociar una deuda que ahora parecía sin sentido ante todo el tiempo que perdimos por no saber como acercarnos.
Lloré amargamente, y me despedí de Brenan, que siguió a su familia que ya le esperaba. Prometí buscarlo. Al poco rato, Hansel llegó a mi, y decidí que no podíamos esperar más. Nos alejamos rápidamente, con afán de darle un poco de alegría a ese día en el que ellos tres me dieron una lección de vida.