Las primeras ráfagas iniciaron por la noche, y al paso de la madrugada arreciaron. Magnificadas por los ruidos del viento al golpear las láminas de metal que cubren la terraza de mi casa, la noche fue larga, difícil y tortuosa. Era casi imposible dormir escuchando el intenso golpeteo de las láminas, y sobre todo conociendo la posibilidad de que sus endebles amarraduras cedieran y se provocara un accidente.
Por la mañana, apenas salió el sol, ya estaba intentanto contener el desorden. El frío y el viento dificultaban la tarea, y fue hasta una hora despues en que, gracias a mi hermano y su ingenio mexicano, se detuvieron mínimamente, callando por un rato el escándalo.
Pero son ya casi 12 horas de fuertes vientos. Las calles están llenas de basura, de hojas, de ramas que no aguantaron el temporal. A lo lejos se ven las nubes de polvo atravesar de lado a lado el valle, los árboles parecen doblarse una y otra vez. Y el pronóstico no da indicios de mejora, todo lo contrario, anticipa una noche helada para Zapotlán.