De pederastia y líderes católicos.

¡Aleluya! Los líderes de la iglesia Católica finalmente han reconocido sus errores en los casos de pederastia. Aceptaron que ocultaron datos, mintieron, engañaron e incluso hicieron caso omiso de las informaciones que durante años recibieron sobre los casos de abusos sexuales a niños en buena parte del planeta, México incluido.

Finalmente, se han decidido por abrir sus archivos a la luz pública de cada país donde se encuentra asentada, para permitir a las leyes civiles juzgar y, en su caso, castigar a los malos sacerdotes que, aprovechándose de su posición como hombres de fe, abusaron no sólo de los niños y niñas que se encontraban bajo su tutela moral, sino de la buena fe de las familias y los feligreses que depositaron en ellos la confianza que da el ser un siervo de Dios. Se han resuelto pues a limpiar el nombre de la iglesia que Cristo fundó basado en el amor al prójimo, y se han determinado arrancar de raíz este mal que no es exclusivo de los miembros de la grey católica, pero que por tratarse de quienes se trata, se ha convertido en un escándalo de alcances internacionales, que amenaza con tambalear la ya de por sí afectada imagen del catolicismo.

Pues no. Por supuesto que nada de lo anterior es cierto. Los jerarcas siguen empecinados, por no decir entercados en tapar el sol con un dedo. Y ahora no sólo insisten en minimizar los cada vez más frecuentes casos de abuso infantil alrededor del mundo, sino que se han dado a calificar a los excesos sexuales de los sacerdotes como “gripitas” (Público, martes 13 de Abril de 2010, página 32) que pensaron que se les curarían con el paso de los días, o a culpar de lo ocurrido a la mayor libertad con que se mueve actualmente la sociedad, a los programas de educación sexual de los gobiernos civiles (Público, miércoles 14 de Abril de 2010, página 32) y, lo que es el colmo, a responsabilizar a los homosexuales de ser los causantes de la mayoría de los casos denunciados de pederastia, lo anterior basados en “cantidad de estudios científicos” que, por supuesto, no dan a conocer. La reacción de los grupos de homosexuales ha sido inmediata. Exigen que se muestren los mencionados estudios o, en su defecto, se le exige una disculpa a aquellos que insisten en su actitud de negar lo innegable.

No son pues capaces de aceptar que la culpa de lo ocurrido debería ser a fin de cuentas del mal sacerdote que se aprovechó de su posición y de nadie más. Pero con el silencio con el que obispos, los arzobispos, cardenales e incluso del que ahora es el líder máximo, Joseph Ratzinger, mejor conocido como Benito XVI se han manejado. El pecado de todos ellos ha sido el callar, ocultar, fingir que nada ocurría y, en el menos peor de los casos, remover a un sacerdote para enviarlo a otra jurisdicción. Para el castigado era mejor, seguramente tenia acceso a nuevas víctimas.

Es claro que no todos los sacerdotes son violadores de niños. Ni siquiera lo son la mayoría. Pero ese pequeño grupo, que tampoco es exclusivo de la iglesia católica, amparados bajo el silencio de sus líderes obtusos, le están creando un cáncer del que, de continuar con su silencio y explicaciones tipo aspirina, terminarán por, al menos, amputarle un trozo de sus amplio cuerpo de fieles y seguidores.

*Publicado en "El Juglar", año 3, número 14. Sábado 17 de Abril de 2010.