El río.

Justo detrás de la propiedad donde vivo hay un río. Le llamo así, la propiedad, pues técnicamente la mayor parte es de mi madre. Sobre el río, muchos no saben que existe, y se sorprenden cuando les platico que ahí detrás, en medio de la ciudad y a unos cuántos metros del Jardín Principal, el lecho paciente atraviesa, de lado a lado, a la ya centenaria Ciudad Guzmán.

El río pasa a ser un raro oasis en medio de la ciudad. Aunque la mayor parte del año tan sólo lleva en su lecho aguas de colores extraños, olores desagradables y mucha, demasiada basura, la abundante vegetación que lo cobija nos regala una pequeña muestra de lo que debió ser la fauna en el valle antes de que fuera habitado, hace ya algunos siglos.

Cuenta que muy de vez en cuando el río solía convertirse en un monstruo que llegó a inundar algunas zonas de la ciudad. De eso ya hace años, ni yo lo viví, y probablemente no vuelva a verlo, pues ya un canal artificial sirve para desfogar los excesos en los que pudiera caer ante un temporal o gran tormenta, de esas que no son raras por acá.

De niño, creía ciegamente que siguiendo ese río llegaría al mar, particularmente a Manzanillo, y siempre tuve el oculto deseo de seguirlo subiéndome en un pequeño bote y dejándome llevar por sus aguas hasta terminar en alguna playa. Sin embargo, gracias a la tecnología actual, ahora sé que el río no llega más allá de la laguna, algunos pocos cientos de metros de donde vivo.

Pero me sigue fascinando tener como vecino al río que, tímidamente, atraviesa la ciudad de lado a lado, y que ojalá no pretenda reclamar lo que, es cierto, es suyo, pero ahora también de la ciudad.