Javier Guerrero:

Hace tiempo me pediste que escribiera algo en el blog especialmente para ti. No eres el primero que lo hace, pero mira lo que son las cosas, eres de los pocos a quienes sí les cumpliré.

Tengo ya algunos años de conocerte (¿acaso esperabas que iniciara de otra forma?). Fue en la preparatoria. Yo, con mis tres años de edad por encima del promedio, y tú, recién llegado de la secundaria. Bastante distintos, tanto, que nos llevó algún tiempo comenzar a tratarnos. También recuerdo que ese inicio no fue nada fácil. Siempre has sido prejuicioso, inquisitivo, desafiante, rayando en el acoso. Tengo aquí a mi lado un mail que me enviaste, fechado el 13 de Junio de 2001, en el que me acusas de egoísta y antisocial, y en dónde me exiges que te conteste cierta pregunta que insistías en hacerme. Me calificas de atrasado, de miedoso, de no confiar ni en mi propia persona, y hasta profetizabas que me saldría de la preparatoria por cobarde. Y hablabas no sólo por ti, sino, según dices, por parte de todo el grupo. Sonrío al leerlo, no entiendo de dónde sacaste esas ideas, pero las retomo para este texto que, repito, escribo a solicitud tuya. Cerrabas ese mail con un “POBRE GUEY” (sic).

Leyendo lo anterior, no entiendo cómo es que terminamos siendo amigos. Y de los buenos, pues a pesar de muchas cosas te estimo realmente, y he llegado a confiar en ti y considerarte una persona valiosa.

Reconozco que gracias a ti he conocido grandes cosas, y tu visión naturalmente opuesta de la vida me ha hecho ver cosas que de otra forma no podría haberlo hecho. Eres inteligente, emprendedor, idealista, constante con tus sueños. Admiro ese deseo de no ser como los otros, de querer desarrollarte como persona y no ser un asalariado más, casado y con hijos. Y creo que has ido logrando las metas que te has propuesto.

Atesoro grandes momentos. Incluso, gracias a ti, que no es lo mismo que por tu culpa, casi se me frustra mi primer viaje a Puerto Vallarta. Bien sabes que tu presencia no siempre fue grata para algunas personas.

Como te mencioné, me incomodan tus prejuicios. Los años han pasado, y siguen con esas dudas que de tan repetidas se tornan molestas, al igual que esos interrogatorios a los que te gusta someterme y que, por mi propia naturaleza, no me gusta contestar. Ni a ti ni a nadie, no creas que es algo exclusivo de ti.

Pero la suma de todo me deja como resultad a un buen amigo al que estimo y valoro.

Espero que lo leas, y que pronto me comentes esta entrada, que es más tuya que mía, al calor de una cerveza helada, la que tanto nos debemos.

Qué cosas. Me pediste que escribiera algo en el blog especialmente para ti. Y ahora eres de los pocos a los que les cumplí.