La orgía de la calle Reforma.

Aun ahora, no entiendo cómo inició. Eran cerca de las once de la noche y yo caminaba por la calle Reforma. En la esquina, justo donde se encuentra la tienda departamental de moda, observé como los empleados sacaban la mercancía sobrante de la temporada navideña y la dejaban exhibida en los portales e incluso en la banqueta. Era demasiada, y a juzgar por lo que alcanzaba a ver, los saldos eras interesantes.

Me acerqué, y pude observar decenas de figuras navideñas, arbolitos enormes, y regalos, muchos regalos, a un precio de casi risa. Era como para llenar una camioneta de objetos y revenderlos para la siguiente navidad. De verdad era una oportunidad única. Llamé a algun conocido que me ayudara a aprovechar la gran venta nocturna, no había mucha gente en la calle y la oportunidad era perfecta. Pero no lo fue por mucho tiempo. Al poco rato comenzaron a llegar familias enteras, señoras dispuestas a aprovechar las gangas que se les ofrecían deliciosamente. Y con ellas la reventa.

Con una rapidez escalofriante, se montaron puestos ambulantes y, para antes de las tres de la madrugada, aquello ya era una feria con todas las de la ley: música, alcohol, gente, vendedores y ofertas, muchas ofertas de una navidad recién pasada.

Pero realmente no supe cómo fue que la fiesta se tornó en una enorme orgía en las horas previas al amanecer. Hombres y mujeres, ebrios, dando paso a todo tipo de manifestaciones eróticas. Los focos de 100 watts en silencio iluminaban el espacio urbano transformado en cuarto oscuro, sólo que con mucha luz. A lo lejos, la autoridad se limitaba a mantener una frontera entre la fiesta y el resto de la urbe, que se mantenía, fuera de ese espacio, como cualquier noche de tantas.

Para cuando comenzó a desvanecerse la oscuridad, en el pavimento helado tan sólo se veían jirones de tela, y mucha basura acumulada en las pocas horas pasadas. Poca gente quedaba ya, y la fiesta era, así de rápido como inicio, concluída ante la mirada atómita de los empleados de limpia, que no esperaban tal espectáculo sin aviso alguno.
Por supuesto, los más felices eran los dueños de la tienda de la esquina, que vieron vaciados en unas horas sus atrasados inventarios de la recién pasada temporada navideña. Aunque fue hasta ese momento cuando me percaté de que no había comprado absolutamente nada de la gran venta. Ni una esfera, ni un listón, ni un adorno. Tan sólo me quedaría con el recuerdo del desenfreno nocturno.