La carta.

Ayer Viernes puse en el buzón una carta con destino a Alemania. Tengo la certeza de que llegará, pero no albergo muchas esperenzas de que llegue pronto. Aun así, todo el ritual de sentarme, tomar las hojas blancas de papel y comenzar a escribir, de mi puño y letra, fue una experiencia deliciosa. Hace tanto tiempo que no lo hacía, y este año es ya la segunda carta que envío en el formato tradicional.
Por un instante, no lo niego, me sentí un poco tonto. Basta con decir que le puse a la persona a la que va dirigida, en su Facebook, que ya le había enviado la carta. Es decir, puedo perfectamente enviarle un mail, o aun más, puedo decirle el mensaje vía messenger y no tener que esperar largas semanas a que la carta llegue a su destino. Pero de hacerlo asi, hay algo que no sería igual. Y es que con el internet, a la vez que las relaciones sociales son más complejas, tambien se vuelven despersonalizadas. En la red falta ese calor, esa emoción que da el estar con un amigo, conociendo a alguien, debatiendo, peleando.
En fin. Estaré contando el tiempo que demore la carta en llegar desde mi Ciudad Guzmán hasta München, Alemania. La espera emociona, y eso es algo con lo que tampoco puede el Internet.