La guerra perdida.

En las actuales circunstancias, resulta ya irrisorio e inocente no reconocer que México esté inmerso en una auténtica guerra civil, la cual ha ido subiendo continuamente de nivel, dejando sin capacidad de asombro a la sociedad. A cada nuevo hecho violento registrado, y cuando se piensa que nada peor puede ocurrir, un nuevo suceso peor que el anterior nos recuerda que así son las guerras. Lo peor en el actual caso es que no se avizora un final próximo y, en cambio, se pueden esperar esperar más muertes, más violencia y, en consecuencia, más miedo.

Pero no pretendo aquí hacer un análisis de la vigente lucha entre el Gobierno Federal y el crimen organizado, ni hacer un recuento de hechos violentos, que para tal caso tal vez ni el espacio alcance. Tampoco busco hablar de las implicaciones sociales que esta disputa ha representado para los habitantes del país. Titulo “La guerra perdida” esta opinión, porque estoy convencido de que es imposible ganar una guerra contra la ilegalidad cuando parece que todos están dentro de ella. Me explico:

Un domingo cualquiera, al dar una vuelta por el Jardín Principal, sería difícil hacer un conteo de los paseantes que, sin vergüenza alguna, van tirando su basura en la plaza. Otra: una mañana, en cualquier colonia de la ciudad, más de alguna señora barre su banqueta con la manguera a chorro abierto. Una más: en pleno mediodía, en el centro de la ciudad es normal ver autos en doble fila. ¿Qué tiene que ver lo anterior? Sencillo, los tres actos enumerados anteriormente son actos sancionables por las autoridades. Y en los tres, bien se sabe, difícilmente serán castigados como tal. Y de ahí partimos.

¿Cómo se pretende vivir en un país de leyes, cómo siquiera imaginar ganar una guerra, cuando buena parte de la población vive permanentemente en la ilegalidad? Se escandalizan del narcotráfico y los sicarios, de los políticos corruptos, de las bandas de secuestradores; pero sin pena alguna se surten de películas piratas en los puestos del centro. ¡En pleno centro de la ciudad, a escasos metros del Palacio Municipal! Y no pasa nada. O se estacionan y no pagan la cuota establecida en el parquímetro, total que ni se van a tardar. Y no pasa nada. Es justo ese “aquí no pasa nada” uno de los responsables de los niveles de ilegalidad que vivimos. Si se sabe de antemano que no se será sancionado en lo pequeño, mucho menos en lo grande.

Esa cultura de la ilegalidad normalizada es un argumento válido para entender por qué México se está desangrando en medio de las batallas del Gobierno Federal y las bandas de sicarios, sin contar todas las demás especies de delincuentes que a diario los medios dan recuento. Y no, no se puede uno escandalizar cuando uno mismo no sigue ni las más elementales normas de convivencia, cuando uno no barre ni el frente de su casa, cuando uno se da cuenta de que le han dado cambio de más y no lo regresa, cuando se busca de una forma u otra evadir impuestos, o entrar gratis. No se puede.

Vivimos pues en el país de “cada quien hace pues lo que quiere”. Y no pasa nada. ¿Cuál guerra vamos entonces a ganar? ¿Contra quien es realmente la guerra? La guerra está perdida.

*Publicado en "El Juglar", año 3, número 120. Sábado 29 de Mayo de 2010.