Los dulces.

Tomé los dulces entre mis manos. No se ni para qué, nunca me han gustado los dulces, pero una extraña ambición me hizo llenarme las manos y bolsillos de caramelos de todos los colores. Los niños me seguían con ojos rabiosos, parecía que estaban a punto de atacarme y arrancarme el ansiado tesoro.
Comenzó a llover, gruesas nubes se deshacían sobre las calles, y tomé la decisión de aventar los caramelos a la corriente que no dejaba de crecer. Y tras ellos, como jauría, los niños se abalanzaron, hundiéndose lo mismo dulces que chiquillos frenéticos por consumir azúcar sin límite.
La corriente, todo se lo llevó.