La caída.

Realmente no llevaba prisa. Pero tener a tres autobuses esperando en la esquina, me llevó a correr sin pensarlo mucho. ¿Para qué esperar más? Así que crucé la calle, y estaba por alcanzar a uno de los camiones cuando se atravesó el infame escalón. Invisible, oculto entre la mugre, pero suficiente para hacerme caer. Confieso que si yo me veo caer a la distancia, no hubiera podido contener una carcajada mal disumulada.

Puedo describir mi caída con muchos adjetivos, menos el de elegante. Primero las rodillas, luego las manos, y ya está. Roy en el suelo.

Había muchas personas, y todos me voltearon a ver, casi sin cerrar los ojos. Pero nadie hizo nada por ayudarme. Estaban asustados, quiero creer. Vamos, ni siquiera se rieron. Hasta mucho después -un minuto, que en éstas situaciones es mucho-, un señor se acercó y me dio la mano para levantarme. Le agradecí, pero preferí quedarme en el suelo. Mi falsa prisa estaba aplastada a un lado de mí. Así que, si ya estaba en el suelo, crucé mis piernas, y me quedé sentado unos minutos. 

Y disfruté la mañana. Ahí, sentado en la sucia esquina del tianguis, viendo a todos correr, los autobuses pasar, las rutinas matutinas de las que, si no caigo, no me hubiera enterado.

Y después de un rato, me levanto, y tomo el siguiente autobús a casa. Queda el recuerdo, y unos cuantos raspones en los dedos y las rodillas.